Fragmento de mi libro “¿Justicia?, sólo la de Dios Todopoderoso”.
FRANCO, AQUEL HOMBRE PEQUEÑO QUE LLEGO A HACERSE A SI MISMO GRANDE, MIGUEL DE UNAMUNO Y MI PADRE.
Para que se pueda entender como surge un personaje como Franco, sobre todo para la generación de mis hijos que han tenido la suerte de nacer después de su desaparición, primero hay que conocer la España de su época, un país oscuro y triste bajo la bota de una monarquía que campaba por sus fueros y que se negaba a aceptar que los reyes ya no se estilaban.

Una triste e ignorante España, que entroncaba su desgracia en aquella sangría de la guerra mal llamada de la Independencia contra los invasores franceses, en los albores del siglo XIX, que la apartó del concierto de naciones europeas modernas, remozadas gracias a los logros de la Revolución Francesa exportados por Napoleón Bonaparte, consecuciones que no alcanzaron a España, regida por los sucesores del rey más nefasto de toda la historia española, Fernando VII, cuya forma de gobernar dirigió a España más hacia la Edad Media que a la época que le correspondía cronológicamente mientras que se independizaban nuestras colonias de América. Este rey, conocido históricamente por sus actos como “el felón” es antepasado directo en séptima generación de nuestro actual rey.
La pérdida en el año de 1898 de las últimas colonias de aquella España de Felipe II “donde el sol no se ponía en sus dominios”, a manos del latrocinio de un país que se erigía ya como árbitro del mundo, los Estados Unidos de Norteamérica, sumió a España en un pesimismo tremendo en todos los aspectos de la vida que llegó hasta bien entrado el siglo XX.
Finalmente, la tremendamente sangrienta e interminable Guerra de África, que solo sirvió para enlutar los pobre hogares que perdían a sus hijos y para que los escalafones de los militares profesionales avanzaran para prepararlos para cortar de raíz, los atisbos de modernismo democrático que se estaban desarrollando en nuestro país, de la mano de los que verdaderamente querían a España, los demócratas que deseaban elevar a España a la condición de país civilizado europeo, generando la II República, tras renegar de la monarquía tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, la cual perdió la partida en el año 1939 de manos del violento individuo del que estamos haciendo esta breve biografía, Francisco Franco.
Franco supuso la encarnación del ideal absolutista de Fernando VII y, usando la violencia más implacable, dio al traste con las ilusiones de la generación más brillante que ha nacido en la España de todos los tiempos, de los cuales, a los que no mató o encarceló, los lanzó al estéril exilio.
Los entendidos en la obra de Michele de Nostradamus, indican que la funesta figura de Franco fue intuida por el viejo médico y astrólogo francés que vivió entre los años 1503 y 1566, y dicen que se refirió al “generalísimo” en los siguientes versos:
De lo más profundo de la España enseña,
Saliendo del extremo y los confines de Europa,
Perturbación saliendo junto al mar de Llanes,
Será deshecha por banda su gran tropa.
La interpretación que los exégetas dan a esos versos es la siguiente:
“De lo más profundo de la España enseña”, se refiere al lugar en el que nació Franco, la Galicia del Siglo XIX, el lugar mas atrasado, social, cultural y económicamente de la España de su tiempo.
“Saliendo del extremo y los confines de Europa”, se refiere a que salió del “extremo” de África y entró por “los confines de Europa”, el estrecho de Gibraltar, referencia clara al 19 de julio de 1936, cuando Franco se alzó contra la República, haciendo, justamente, lo que dice la profecía, cruzando el estrecho y lanzándose en forma sanguinaria a la conquista de la Península Ibérica, con la misma saña que lo hicieron antes los pueblos árabes de los Omeyas, los Almohades o los Almorávides.
“Perturbación saliendo junto al mar de Llanes”, este verso se refiere a cuando Franco reprimió la revuelta minera en Asturias. “Mar de Llanes” es la porción del mar Cantábrico que correspondía al municipio costero asturiano de mismo nombre.
“Será deshecha por banda su gran tropa”, versos que hacen referencia clara a la caída del franquismo, ya que “la gran tropa de Franco”, esto es, sus partidarios, los franquistas, fueron desechos a la muerte del dictador por la “banda” de españoles que deseaban la democracia, haciendo cierto lo que Franco, hombre de gran astucia dijo en cierta ocasión a un colaborador que le hacía la pelota:
-“Desengáñese, el Franquismo durara lo que dure su fundador”.
Y no se equivoco en este aserto.
Sólo gracias al gran temor e ignorancia de los españoles en el año 1936, con unas tasas de analfabetismo terribles cercanas al 90 %, pudo triunfar la revuelta de Franco contra la República, dos características que, lamentablemente extrapoladas al campo de la República, también propiciaron su caída.
Evidentemente, Franco ganó la guerra civil española y disfrutó del país y sus habitantes en forma vitalicia, se apropió de España y no la soltó ni incluso cuando el concierto de las naciones lo aislaron en el año 1945, al final, el hambre de los españoles también contribuyó a reforzar su poderío, aunque dejo a su paso una terrible y desconocida hasta entonces en el país gran estela de cadáveres, tres de los cuales fueron mis añorados hermanos.
Hoy, los historiadores conocen una frase que Doña Carmen Polo le decía a su marido poco antes de abandonar la Capitanía General de Santa Cruz de Tenerife para encabezar la rebelión en el Marruecos español los días inmediatamente inferiores al 18 de julio de 1936:
-“Paco, Paco, mira a ver si alguno de esos generales te va a quitar lo que es tuyo”.
La propiedad a que se refería Doña Carmen era España, la cual llegó a ser considerada como una finca privada propia por la misma familia del dictador.
Sobre la figura de Franco se han escrito cientos de libros, pocos a su favor y la mayoría en contra y lo único que pretendo en estas líneas es demostrar la supina estulticia de Rafael, mi padre, cuando amaba a rabiar a este tirano e intentaba adoctrinarme en los “principios generales del movimiento”, olvidándose flagrantemente de que aquel “preclaro personaje” había sido el responsable directo de la muerte de sus tres primeros hijos. Debo aclarar al lector que, aunque intenté por todos los medios, durante algún tiempo, que aquel hombre razonara y se diera cuenta de lo erróneo de su inquebrantable adhesión a Franco, sólo conseguí de él que me calificase como “rojo” y, aunque me hizo trabajar para el como un auténtico esclavo, jamás tuvo en consideración mis opiniones, desarrollando contra mi una terrible envidia patológica cuando tomó conciencia de que mis habilidades e inteligencia, eran infinitamente superiores a las suyas, vicios que, astutamente acrecentado principalmente por el “sudamericano” y mis “hermanas”, provocaron que, después de innumerables estragos y traiciones, me desheredara al igual que hizo con él su padre, aunque en su caso, con razones más que sobradas.
Para que el lector entienda la pugna entre un fascista como mi padre y un social demócrata moderadamente de izquierdas como soy yo, le brindo la lectura del incidente provocado por Millan Astray y otros fascistas contra Don Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Veamos como aconteció dicha peripecia:
En dicha fecha se celebraba en el Paraninfo de la Universidad el aniversario del descubrimiento de América por Colón, rebautizado por el franquismo como “día de la raza”.
El general mutilado en la Guerra de África José Millán Astray, fundador de la Legión y amigo personal de Franco, había llegado escoltado por sus legionarios armados hasta los dientes con metralletas. Varios oradores fascistoides soltaron sus consabidos tópicos acerca de la anti España. Unamuno indignado, aunque había estado tomando apuntes sin intención de hablar, se puso de pie y pronunció este discurso del que cito sus párrafos más brillantes:
-“Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo la defendí otras veces como profesor, pero la vuestra es solo una guerra incivil. Vencer no es convencer y hay que convencer para tener razón, pero no puede convencer vuestro odio que no deja lugar para la compasión. Habéis hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti España, pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto de vosotros. Y aquí esta un señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis…”
En ese punto, Millán Astray, enfadado por el argumentado varapalo que el profesor Unamuno le había dado a los totalitarios, empezó a gritar: “¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?” Su escolta presentó armas y algún cafre del público gritó: “¡Viva la muerte!” Entonces Millán gritó:
-“El País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo es el remedio de España, que viene a exterminarlos, cortando por lo sano como un frío bisturí!”.
Emocionado por su brutal perorata se excitó sobremanera y no pudo seguir hablando por lo que continuó dando resuellos como un animal, eso si, cuadrado militarmente. Sus adeptos repetían a gritos “¡Viva España!”.
Unamuno irritado no se pudo quedar callado, añadiendo a lo dicho lo
siguiente:
-“Acabo de oír el grito necrófilo de “¡Viva la muerte!”, esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!” y yo, que me he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula incongruencia me parece repelente y puesto que fue proclamada en homenaje al último orador (dirigiéndose a Millán Astray), entiendo que fue dirigida a él, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma, desgraciadamente hoy en día hay demasiados inválidos y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas, un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, suele sentirse aliviado viendo como aumenta el número de mutilados alrededor de él. El general Millán quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda porque sería según su propia imagen y por ello desearía una España mutilada”
Furioso por las frases que Unamuno justamente le había dedicado y de las que, probablemente no había entendido ni la mitad, Millan Astray intentó resolver la discusión diciendo la última palabra con el grito de:
-“¡Muera la inteligencia!”
A lo que el poeta José María Pemán, otro fascista algo más ilustrado exclamo:
-“¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”.
Unamuno no se amilanó ante los ataques contra su persona y dijo:
-“¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote!”.
Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país, por ello os repito que venceréis, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir y para persuadir necesitáis algo que os falta: La razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España”.
Sonó un inequívoco ruido de amartillar armas ya que desarmados dialécticamente los argumentos de los fascistas, ellos siempre responden con la violencia, por lo que la vida de Unamuno corrió serio peligro, pero como, por la fama internacional del inmortal catedrático, sería un error ejecutarlo allí, por ello, Doña Carmen Polo tomo del brazo a Unamuno y lo acompañó hasta su casa, evitando así que el incidente acabara en tragedia.
El disgusto de la situación vivida en aquella ocasión y la miseria de una España en guerra promovida por los “enemigos de la inteligencia”, fueron minando la resistencia del viejo profesor, por lo que, pocos meses después, el 31 de diciembre de 1936, entregó su alma a Dios el que había sido genial escritor y docente.
Pues bien, esta lucha del fascismo contra la inteligencia fue la que, salvando la distancia intelectual con el genial profesor Miguel de Unamuno y el momento histórico, tuve que mantener durante muchos años con mi padre. Al final, me ocurrió como a la pobre España, porque mi padre, subsumido por una absurda envidia contra mi (nadie bien nacido desarrolla envidia porque su hijo tenga una forma de pensar más evolucionada que él), terminó declarándome la guerra total y en todos los frentes intentando mi destrucción por todos los medios a su alcance hasta el último de los días de su vida.
Manuel Dóniz Garcia
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